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La debilidad del llanto

Recientemente conversaba con mis estudiantes acerca de las estadísticas sorprendentes sobre la cantidad de jóvenes panameños entre las edades de 18 y 25 que son ninis– ni estudian, ni trabajan. Les pregunté a mis adolescentes cuáles podrían ser algunos de los errores que cometieron los padres en la crianza de esos hijos. Sus respuestas me sorprendieron:
1. darles todo lo que piden aunque no se lo hayan ganado
2. no enseñarles responsabilidad
3. no asignarles quehaceres en la casa
4. hacer todo por ellos como si fueran bebés
5. cuando ya son adolescentes, insistir en acompañarlos a la escuela el primer día de clases como si estuvieran en kinder.

Ayer iba saliendo del supermercado y pasé al lado de una madre que acababa de bajar de su carro. Por lo que entendí, ella entraría al super con la hija mayor y dejaría al bebé de unos 18 meses con el papá. Pero el niño no estuvo de acuerdo con este arreglo y empezó a llorar a gritos. La madre trataba de convencer al niño que dejara de llorar, pero éste ni siquiera prestaba atención pues estaba gritando con toda su energía. Fue entonces que la madre recurrió al soborno y le dijo al niño ‘¡te voy a comprar chicle! Chicle!’ Pero fue por gusto, el niño seguía gritando.

Llegué a mi auto y no ví cómo terminó el intercambio pero supongo que el siguiente paso es predecible. Es que lo he visto tantas veces. De seguro la madre se rindió y se llevó al niño gritón con ella. Lamentablemente la lección para él era clara: si gritas y lloras lograrás lo que quieras.

En mis 25 años de docente he tenido el privilegio de ver toda la trayectoria de vida de algunos chicos. Y sé que pocos niños que crecen bajo este régimen superan esa mentalidad.

Te puedo decir lo que sigue: Cuando llega el momento de ingresar a la escuela, la idea de mandar a todos sigue. Este niño no obedece a sus padres, sino que los manipula. Los padres ceden cada vez porque creen que es una conducta normal y aceptable. Pero esa actitud no sirve en la escuela y al poco tiempo, empiezan a llegar las quejas.

La madre recibe la queja– que no le sorprende– sin embargo decide hacerse la ofendida y acusar a la maestra de no tener ‘pedagogía’. Es decir, la mamá sabe que no puede controlar a su propio hijo, pero espera que una extraña lo haga. Se sienta con sus amigas a hablar pestes de la maestra y de la escuela porque ‘no están cumpliendo con su responsabilidad’, sin pensar que los culpables son quienes criaron a ese niño con la mentalidad de que no hay que obedecer, sólo basta gritar fuerte.

El niño llega a la adolescencia y es probable que para ese tiempo ya lo hayan cambiado de escuela unas tres o cuatro veces porque sigue gritando y exigiendo y las escuelas no tienen por qué tolerar eso. Los padres ceden porque sinceramente, ya le tienen miedo. Éste decide que ya no le da la gana de estudiar, y trabajar no es parte de su plan de vida. Nuevamente los padres se lo permiten y la madre le sirve la comida y se la lleva a la recámara.

Y todo esto empezó porque el niño gritó fuerte en el estacionamiento y la mamá no supo que lo único que tenía que hacer en ese momento era bajar a su nivel, mirarlo a los ojos y decirle: ‘voy a entrar al supermercado y en un ratito regreso’.

Luego debió alejarse aunque el niño llorara.

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