¿Qué precio tienes?

Hace unos días tuve una conversación muy interesante con un hombre adinerado. Él trataba de convencerme que todos tenemos un precio– una cantidad de dinero por la que haríamos un acto ilegal.  Le escuché con mucha paciencia mientras defendía su punto presentando ‘pruebas’ en la forma de anécdotas de situaciones que según él eran reales.

Recordé que unos 20 años atrás yo había tenido una conversación similar con un grupo de estudiantes. En ese tiempo era profesora de química y un estudiante, seguramente bromeando, se me había acercado para preguntar cuánto costaba que yo le pusiera una buena nota en el boletín. Después de reírme a carcajadas le dije que no había cantidad de dinero suficiente para convencerme de hacer eso.

Aproveché la oportunidad para hablarle al grupo entero y les dije esas mismas palabras: toda persona tiene un precio. Mi intención era animarles a establecer un precio tan alto que nadie jamás pudiera pagarles para cometer un crimen o un acto ilícito.

En la biblia el precio de Judas fue 30 monedas de plata, una cantidad que hoy día podría oscilar entre $60 y $300. El precio de Esaú fue un plato de comida. En este tiempo hay personas que se venden por unos minutos de sexo.

Mientras que el hombre adinerado continuaba su discurso me pregunté a mi misma cuál era mi precio, ¿qué cantidad de dinero tomaría para convencerme de hacer algo indebido?

Muchas personas dicen de una vez: ¡Yo jamás haría eso! ¿Pero sabes qué? A veces esos son los primeros en caer porque nunca se atrevieron a hacerse las preguntas difíciles.

Te invito a que explores esa oscuridad. Haz la pregunta y contesta con honestidad pues de nada sirve mentirse a si mismo. Si encuentras que tu precio es bajo, que cualquiera podría sobornarte o convencerte de cometer un acto ilícito, entonces pregúntate qué necesitas hacer para cambiar eso.