Llenando expectativas

Siempre he pensado que los estereotipos y las generalizaciones son síntomas de la flojera mental. No nos da la gana de conocer a las personas de manera individual así que preferimos juzgar basándonos en mitos, leyendas y suposiciones. En algunos casos esas suposiciones son menos dañinas como creer que todos los asiáticos son buenos en matemáticas o todos los judíos son ricos. Pero con frecuencia los estereotipos son destructivos porque hacemos juicios infundados y así limitamos nuestra manera de ver e interpretar el mundo.

Los que me conocen saben que me encanta observar a la gente. Por eso cuando viajo a un país nuevo me aseguro de entrar a supermercados y, si es posible, tomar transporte público. Para mí es importante crear mi propia experiencia en lugar de repetir la de otras personas. Necesito sentir la energía del lugar, disfrutarlo a mi manera y sacar mis propias conclusiones.

Con frecuencia mis conclusiones no coinciden para nada con el estereotipo y no sé si es por mi constante afán de llevar la contraria o simplemente porque no pertenezco al club de la mentalidad colectiva ni me suscribo al  efecto rebaño. Sea cual fuere la razón he aprendido a probar antes de rechazar– como el café, por ejemplo.

Podría escribir miles de palabras sobre estereotipos que se me han asignado que están tan alejados de la verdad que suenan a comedia. Sin embargo hoy te escribo sobre una situación en la que alguien demostró ser ejemplo perfecto de todo lo que se espera.

Hay  un restaurante en la ciudad que sin lugar a duda tiene un plan de negocios diseñado para los que disfrutan observar la figura femenina. El nombre del lugar es jerga en inglés para senos. El uniforme de las meseras consiste en camisetas apretadas y pantaloncitos muy cortos. Obviamente las jóvenes que contratan son bonitas, dotadas y llenan bien el uniforme.  Se rumora que las jóvenes que optan por ese tipo de empleo son  superficiales y poco inteligentes académicamente.

Decidí ir a este restaurante porque me estaba hospedando como a dos cuadras y era hora de comer. La comida superó mis expectativas y la mesera fue leal al estereotipo.

Sí, el pantaloncito revelaba una buena porción del trasero. Sí, la camiseta escotada también era reveladora. Sí, la mesera era muy bonita de cabello largo, lacio y claro. Sí, también era muy dulce y atenta y al tomar el pedido bajaba innecesariamente su cuerpo casi a la altura de a mesa para mostrar los detalles de su escote.

Parte del menú estaba en inglés y ella obviamente no hablaba ni una palabra en ese idioma. Cuando hice mi pedido, tuve que mostrarle el nombre para que lo anotara y aunque la descripción decía ‘tiras de  carne de res’, ella insistió en que eran tiras de pollo y señalaba una foto de otra cosa que no tenía nada que ver con lo que yo había pedido. Después de tomar el pedido de los demás, regresó a la mesa dos veces para aclarar lo que ella misma había escrito en su libretita hasta que finalmente la tercera vez dijo que no había de lo que habían pedido y si querían salmón.

Me hizo pensar en todas las personas que se sienten totalmente a gusto con los estereotipos que la sociedad les ha impuesto. En el afán de ser ‘normales’ se limitan.

Nunca permitas que otros decidan por ti. Asegúrate de ser tú quien define quién eres y cómo te vas a presentar en la vida porque eso determina el tipo de experiencia que vas a tener. No juzgo a la mesera porque no conozco su historia ni sus metas. Ojalá algún día se dé cuenta que su ser consiste en más niveles, pero que pase lo que pase sigue siendo maravillosa.