He llegado a esa maravillosa edad en la que veo fotos recientes de compañeros del colegio a quienes no he visto en décadas y casi de inmediato pienso que se ven mucho mayores que yo. Tal vez haya algo de delirio en esa percepción (no lo descarto), pero también hay factores reales. Uno de ellos es la creencia bastante extendida, de que después de cierta edad ya es socialmente aceptable andar desaliñado, sin intención, como si el cuidado personal tuviera fecha de vencimiento.
Es cierto que las apariencias engañan, pero también es cierto que la manera en que decidimos arreglarnos (o no hacerlo) dice mucho sobre nosotros. Y no, no me refiero a seguir tendencias, vestir marcas ni gastar grandes sumas de dinero. Hablo de intencionalidad. De prestar atención a cómo ocupas espacio en el mundo. Déjame explicarte.
Muchas personas pasan la vida entera pidiendo permiso para estar. Se encogen, se minimizan, evitan ocupar espacio. Se visten de forma que los vuelve invisibles, fáciles de olvidar. A eso a veces se le llama “humildad”, pero con frecuencia es miedo y autosabotaje. Ocupar espacio no es imponerse: es habitar el propio cuerpo con seguridad, sin importar la talla, la edad o el color de piel; es sostener la mirada y expresarse con confianza. Quien sabe ocupar espacio no se esconde ni apaga su luz para que otros brillen.
Este proceso comienza siempre desde adentro: con autoaceptación, compasión y humanidad. Y como consecuencia natural, se refleja afuera en la forma en que nos presentamos ante el mundo.
No confundas simplicidad con descuido. Ser modesta no es sinónimo de verte desarreglada. Tener más de 50 años no significa que ya no sea necesario vestirse de manera atractiva o cuidada.
Tomarte el tiempo para arreglarte y vestirte correctamente cada día tiene consecuencias claras y reales:
- Refuerza tu autoestima de forma silenciosa
Cuando te arreglas, te envías un mensaje interno muy potente: valgo el esfuerzo. No es vanidad, es autocuidado. Ese gesto diario construye una autoconfianza estable, que no depende de la aprobación externa. - Mejora tu postura, lenguaje corporal y presencia
Vestirte con intención suele traducirse en caminar más erguido, hablar con mayor seguridad y ocupar tu espacio con naturalidad. Las personas no solo ven tu ropa: perciben tu energía. - Aumenta la percepción de competencia y credibilidad
Nos guste o no, una buena presentación se asocia con orden interno, responsabilidad y capacidad. Vestirte adecuadamente hace que tus palabras tengan más peso y que te tomen en serio con mayor rapidez. - Reduce la inseguridad social y la autocrítica
Cuando sabes que te ves bien, disminuye el ruido interno. Esa tranquilidad te permite estar presente en conversaciones y relaciones, en lugar de estar constantemente pendiente de ti mismo. - Condiciona positivamente cómo te tratan los demás
La gente tiende a mostrar más apertura y confianza hacia quien se presenta con cuidado, porque proyecta autorrespeto, límites claros y coherencia.
Alistarse cada día no es una cuestión de apariencia; es una decisión interna. Es tomarse unos minutos para reconocerse, habitar el propio cuerpo y presentarse al mundo con intención. Cuando elegimos no abandonarnos en lo cotidiano, cambia la manera en que nos movemos, cómo nos relacionamos y el espacio que nos permitimos ocupar. No se trata de impresionar a otros, sino de no desaparecer de nosotros mismos.

