Vivimos ocupados. No porque haya tanto que hacer, sino porque nos aterra detenernos. Estar ocupados se ha convertido en la manera socialmente aceptable de no mirarnos. No conectamos emocionalmente con nadie (ni siquiera con nosotros mismos) y la excusa perfecta es que “no tenemos tiempo”.
Estar presentes y disfrutar del momento nos parece una pérdida de tiempo… tiempo que podría usarse en algo que nos ocupe. Confundimos una agenda llena con éxito y una vida plena. Y así, casi sin darnos cuenta, la ocupación constante se convierte en identidad.
Desde pequeños aprendemos a ver el aburrimiento como algo negativo, incómodo e incluso vergonzoso, algo que hay que destruir cueste lo que cueste. Nos enseñaron que sentarse a contemplar es ser improductivos, y que la improductividad es sinónimo de pereza.
Incluso algo tan sencillo como tomar té o café se transforma en una tarea más que debe hacerse en simultáneo con otras: manejar, caminar, responder mensajes o escribir informes mientras tomas café. Rara vez es una experiencia que se pueda saborear sin culpa, porque disfrutar “sin producir” es perder el tiempo y el tiempo es oro.
Pero, ¿y si le tememos tanto al aburrimiento porque nos obliga a enfrentar la verdad?
Exploremos tres verdades que suelen esconderse en un momento de aburrimiento:
Escuchar.
Cuando baja el volumen del ruido externo, aparece el aburrimiento. No como castigo, sino como invitación. En ese silencio surgen preguntas y emociones que hemos preferido ignorar. El aburrimiento nos pide escuchar lo que llevamos tiempo evitando.
Distinguir.
Muchas de las actividades que realizamos no nacen del deseo, sino de la necesidad de encajar. El aburrimiento obliga a diferenciar entre lo que realmente te nutre y lo que haces para cumplir expectativas ajenas.
Recuperar.
Cuando permites el aburrimiento, le devuelves a tu mente la capacidad de divagar, crear, imaginar y encontrar soluciones. La creatividad no nace de la saturación, sino del espacio.
Lamentablemente, muchas personas sienten culpa en el momento en que deciden silenciar el celular, apagar la televisión o cerrar la computadora. Casi de inmediato miran alrededor buscando “algo” que hacer, porque sienten que están malgastando el tiempo. El cuerpo descansa, pero la mente entra en alerta.
¿Qué puedes hacer para lidiar con esa culpa?
1. Nombra correctamente lo que está pasando.
En lugar de decir “estoy aburrida” o “estoy siendo improductivo”, di: estoy haciendo una pausa para descansar y reintegrarme. El lenguaje importa porque moldea la experiencia.
2. Cuestiona la creencia.
Pregúntate con honestidad: ¿quién me enseñó que descansar o no hacer nada es perder el tiempo? Muchas de estas ideas no son verdades, son herencias.
3. Practica hacer pausa sin justificarte.
Permítete momentos sin propósito, sin explicación y sin optimización. Tu sistema nervioso merece descansar sin sentir que tiene que ganarse el derecho a existir.
¿Estoy diciendo con esto que las personas que no hacen nada durante el día son admirables? Definitivamente no. Eso que muchas veces llamamos pereza es, en realidad, una respuesta al trauma; una forma de congelamiento, y merece una conversación distinta en otro escrito.
Este blog no es para quienes evaden la vida, sino para quienes trabajan, estudian, crean, construyen, emprenden… y han olvidado que también merecen descansar. Porque el descanso no es el opuesto de la productividad; es parte de una vida verdaderamente plena.

