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Vestidores y mujeres inconformes

Todo el que me conoce sabe que no me gusta ir de compras. Eso de ir a un centro comercial y pasar horas caminando de tienda en tienda no me llama mucho la atención. Prefiero comprar en linea, pero a veces es inevitable y me toca ir. Hace unos días me tocó. Disfruté de mis compras pues la asesora que me acompañó fue de mucha ayuda. Cuando ya había escogido todas las piezas ella automáticamente se dirigió al area de vestidores. Le indiqué que no me probaría nada porque estaba segura que me quedarían. Pagué y me retiré del lugar.

Ya en casa mi hija menor me indicó que necesitaba blusas de vestir y preguntó si la podría llevar de compras. Como acababa de tener una experiencia agradable, acordamos que iríamos al mismo lugar al día siguiente.

Apenas entré a la tienda la misma asesora se me acercó y le dije lo que necesitábamos. Su orientación nuevamente fue de mucha ayuda. Le indiqué que mi hija sí se estaría midiendo las piezas y nos dirigimos a los vestidores. Entré y recordé de una vez por qué no me pruebo la ropa.

Una chica gritaba con enojo dentro de uno de los cubículos, dando indicaciones a las que la acompañaban y a su asesora, quien corría por toda la tienda buscando la pieza mágica que apaciguaría la ira de la compradora. ¡Se me ve horrible! ¡Busquen otra talla! ¡Este color es espantoso! ¡Me veo gorda! !Lo odio!

Yo esperaba tranquila frente a la puerta de la cabina donde estaba mi niña. Cada cierto tiempo ella abría la puerta para mostrarme la pieza y me indicaba con el pulgar hacia arriba que le gustaba.

De otra cabina salió una señora como de mi edad quien miró su reflejo en el espejo grande e hizo un gesto de desagrado– como una haría si se encontrara repentinamente con vómito. La amiga que le acompañaba salió también y parecía una competencia para ver quién estaba más inconforme con su reflejo.

Yo observé en silencio, deseando que mi niña se apurara con las blusas que se tenía que medir (y que yo tenía que aprobar).

Otra puerta abrió y salió una mujer con los brazos cargados de varias piezas. Su rostro mostraba una profunda decepción. Le entregó todo a su asesora y dijo que nada le quedaba bien y que siguieran buscando.

La señora de mi edad volvió a salir de su cabina. Ya la amiga se había retirado a buscar accesorios. Esta vez vestía una blusa blanca asimétrica muy elegante. La miré y le dije “¡me encanta! ¡Le queda muy bonito! Me gusta cómo fluye.” En lugar de aceptar mi regalo, se miró al espejo con enojo y contestó “sí, porque tengo que cubrir esta horrible panza”.  En ese momento decidí que no estaba interesada en participar de esa conversación. Así que me puse a hablarle a mi hija por la puerta.

La chica inconforme en la otra cabina seguía exigiendo a gritos cambios de talla y color.

La amiga de la señora de mi edad regresó y al verla le dijo que la blusa le quedaba bien pero que amarrara los lados porque esa tela guindando no le gustaba. La señora inmediatamente hizo un nudo en el borde para complacer a la amiga. Pero luego me miró y dijo: no, me gusta más cómo fluye.

Finalmente mi hija terminó de medirse la ropa y salí de esa salita con mucho alivio.

Esa creencia que tienen algunas mujeres que es normal y aceptable criticarse con dureza y crueldad es auto-destructiva. Si no te gusta algo de tu cuerpo ¿resolverás algo maldiciéndote? ¿Por qué mejor no buscas una solución? Y si no tiene solución ¿resolverás algo maldiciéndote?

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