Estamos criando hombres frágiles sin darnos cuenta

Aunque nos encanta creer que no creemos en estereotipos, muchas de las cosas que hacemos nacen precisamente de esos moldes mentales: ideas generalizadas que atribuyen características fijas según el género, la nacionalidad, la etnia o la clase social. A veces pensamos que actuamos desde la cultura y la tradición, cuando en realidad estamos repitiendo estereotipos sin cuestionarlos.

En muchas familias el trato hacia los bebés depende en gran medida de su género. Diversos estudios muestran que madres y padres juegan de manera distinta con niños que con niñas desde edades muy tempranas. Con los varones suele haber más juego rudo; con las niñas, mayor delicadeza. A ellos se les habla menos de emociones y se enfatizan más los logros; a ellas se les valida más lo que sienten.

Muchas madres leerán esto y dirán que no es cierto, que a todos se les trata igual. Sin embargo, los patrones culturales suelen operar de forma inconsciente.

Quiero enfocarme particularmente en los varones, porque he observado una confusión importante entre el contacto físico que brinda seguridad (abrazar, contener, co-regular emociones)  y el mimar en exceso. Mimar no tiene que ver con abrazos ni besos. Es el hábito de resolverle todo al niño, evitarle cualquier frustración e intervenir antes de que tenga la oportunidad de intentar.

Como docente me ha tocado muchas veces ver madres y padres acercarse al colegio enojados porque a su hijo  le tocó algún llamado de atención. Claro, a veces suceden injusticias en los colegios. Pero si un estudiante golpea a otro o roba algo, una madre que llega a pelear por él no le esta mostrando amor; lo esta debilitando. Lo más sano sería darle un abrazo y decirle que le toca lidiar con la consecuencia de su decisión.

El contacto físico regula el cortisol (estrés), fortalece el apego seguro, contribuye al desarrollo del sistema nervioso y favorece la futura autorregulación emocional. No debilita; construye base interna.

Mimar en exceso, en cambio, transmite el mensaje: “tú no puedes solo”. Es sobreproteger y sobre rescatar. Las consecuencias pueden verse más adelante en muchos jóvenes varones:

  • Baja tolerancia a la frustración: reaccionan con ira desproporcionada ante dificultades pequeñas.

  • Ansiedad: buscan alivio en conductas adictivas como alcohol, drogas, pornografía o promiscuidad.

  • Dependencia emocional: necesitan validación constante; algunos se involucran en conductas riesgosas para ser admirados y otros intentan controlar a su pareja.

  • Déficit en habilidades de afrontamiento: les cuesta manejar el estrés, resolver problemas con asertividad y perseverar en metas.

  • Fragilidad emocional: ante conflictos significativos, pueden recurrir a conductas autodestructivas.

Entonces, ¿qué hacemos?

  1. Existe una gran diferencia entre brindar seguridad emocional a través del contacto físico y sobreproteger hasta limitar el crecimiento. Tus hijos varones no se “ablandan” porque reciban muchos abrazos. Un niño puede recibir abundante afecto y al mismo tiempo aprender límites, responsabilidad y tolerancia a la frustración. La resiliencia no es aguantar sin sentir; es sentir, regular las emociones y seguir adelante.
  2. El mimar en exceso suele surgir de la ansiedad del adulto, del miedo a que el niño sufra o de la necesidad inconsciente de sentirse indispensable. Pero amar no significa eliminar toda incomodidad. Amar también implica permitir que el hijo enfrente retos acordes a su edad, acompañarlo sin sustituirlo y confiar en su capacidad para crecer.

Criar varones emocionalmente fuertes no requiere dureza ni distancia emocional; requiere afecto firme. Abrazarlos cuando lo necesitan y al mismo tiempo dejar que experimenten frustraciones que fortalezcan su carácter. El verdadero amor no incapacita ni sobreprotege: sostiene, guía y gradualmente suelta. Solo así formamos hombres capaces de sentir sin derrumbarse, de enfrentar la vida sin huir y de amar sin depender.

 

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