Hace unos días escuché a alguien decir que nuestras heridas de la infancia empiezan a sanar cuando estamos listos para conocer la verdad. Últimamente se ha hablado mucho acerca del trauma. Si entendemos que trauma no es el evento, si no la herida que queda como resultado del evento, sabemos que no es cierto que el tiempo sana todas las heridas. Lo que hace el tiempo es a veces esconder las heridas detrás de máscaras que creemos que nos ayudarán a lidiar con el dolor. El tiempo a veces también enturbia la verdad.
Cuando sucede un evento traumático entran en juego varios factores importantes como: la edad, entorno familiar, reacción de los demás y las historias que nos contamos. Este último es el que muchas veces nos mantiene atrapados. Por lo general los niños pequeños se atribuyen la culpa/ responsabilidad de lo ocurrido. Si no cuentan con adultos responsables que les digan la verdad, esa culpa puede transformarse en vergüenza y auto- rechazo. Para muchos la herida original es precisamente sentir que no pueden confiar en sus padres.
Recuerdo hace unas semanas que me reuní con niñas de 13 y 14 años de edad y varias confesaron que no tienen adultos a los que les puedan contar sus cosas. Es una realidad dolorosa. Cuando sucede un evento impactante es importante poder hablar con alguien lo más pronto posible. Así se evita que empecemos a contarnos versiones tóxicas de lo que pasó.
La verdad no va a cambiar el pasado, pero sí informa el futuro y nos permite entender el presente. Esto significa que no voy a vivir engañada, creyendo que algo malo me sucedió porque yo soy mala. Hace como 15 años conversé con una mujer joven (a quien llamaré Pili) que estaba manifestando una conducta sexualmente irresponsable. Apenas tenía 22 años y ya tenía 4 hijos de padres diferentes. Durante la conversación ella comentó que su madre biológica había muerto durante el parto y que desde pequeña ella sentía que había asesinado a su madre. Llamamos a la tía quien explicó que la madre había sufrido de una condición y que los médicos le habían advertido que podía perder la vida si no interrumpía el embarazo. Ella prefirió llevar su embarazo a término y como resultado murió. El parto no la había matado sino la condición médica. Nadie le había explicado a Pili y ella había crecido creyendo una historia totalmente falsa. Pili había desarrollado un nivel alto de auto-rechazo porque creía que era tan mala que había matado a su madre.
Es cuando nos atrevemos a averiguar bien los detalles que empezamos a sanar. No para tener algo que contarle al terapeuta, si no para darnos cuenta que no es cuestión de asignar culpabilidad. Todos tenemos heridas y cada uno está haciendo lo mejor que puede con el nivel de consciencia que tiene. Cuando entendemos la verdad soltamos la necesidad de cambiar el pasado, la sed de venganza, el auto-rechazo y la sensación de impotencia. Así empezamos a creer otra historia.