Tus hijos te lo van a agradecer

Ayer tuve una conversación amena con las niñas de octavo grado.  Ellas tienen 13 y 14 años de edad. Abrí la conversación diciéndoles que no es para nada fácil tener esa edad en este siglo 21.  Inmediatamente vi sus cuerpecitos relajarse porque estaban convencidas que las había citado para regañarlas. Les hablé de lo diferente que era el mundo cuando yo tenía 13 y 14 años. Les conté que el nivel de estrés con el que ellas tienen que lidiar en el 2024 no tiene precedentes. Es cierto que la tecnología nos ha facilitado la vida, pero a la vez nos ha expuesto a una sobrecarga de información innecesaria. Las redes sociales han sido diseñadas por especialistas en neuromarketing para crear estímulos que invaden nuestra privacidad y nuestros pensamientos.

Les pregunté cuáles eran algunas situaciones difíciles con las que tenían que lidiar. Mencionaron tres:

  1. Contarles sus problemas a los adultos en sus vidas y que estos invaliden sus emociones con respuestas como deja de hacer X o Y y ya vas a estar mejor.
  2. Sentir que les toca complacer a todos y mantenerlos felices.
  3. No tener adultos en quiénes puedan confiar.

Los niños y adolescentes miran al adulto como la persona que tiene respuestas y soluciones. Ellos saben que esa madurez y sabiduría es esencial para guiarlos a ellos.  Sin embargo, a veces los adultos estamos tan estresados y confundidos que en lugar de guiar a nuestros jóvenes, lo que hacemos es ahuyentarlos.  Creemos que guiar significa regañar, nunca admitir nuestros propios errores o criticar.  Nos cuesta simplemente escuchar y aconsejar sin juzgar.  Cuando tu hijo trata de contarte algo y reaccionas con regaños sin haber escuchado bien, te aseguro que difícilmente te volverá a contar sus cosas.  Entonces ¿a quién le hablará?

Hace como 25 años cuando yo era profesora de química un estudiante de 12 se me acercó mientras que los compañeros hacían un taller. Recuerdo bien que se sentó en el piso cerca de mi escritorio y me susurró que hace unos días había tenido su primera experiencia sexual. Por unos momentos miró mi cara fijamente. Creo que sólo levanté las cejas e incliné la cabeza a un lado pero guardé silencio. Al final le pregunté si le había contado a su mamá. Me dijo que no porque de seguro le gritaría y él no sentía que había hecho nada malo porque tanto él como la nena tenían 18 años.  Le recordé la necesidad de usar protección para evitar embarazos no deseados y la transmisión de enfermedades, le agradecí por confiar en mí y le pedí que por favor le contara a su madre.

Desde ese momento entendí que a veces sin querer obligamos a nuestros hijos a confiar en extraños porque ellos necesitan hablar.  Si los adultos reaccionamos mal, ellos les contarán sus secretos a sus amigos que tienen la misma edad y la misma falta de sabiduría.

Al final de mi conversación con las niñas de octavo las animé a acercarse más a mamá y papá.  Tenemos esta idea de que cuando los hijos llegan a la adolescencia tenemos que soltarlos para que el mundo y la vida se encargue.  Una cosa es permitirles probar sus alas y otra cosa es abandonarlos emocionalmente para que vean cómo resuelven sus propias vidas.   Pocos padres y madres logran crear un balance.

Asegúrate de mantener la puerta abierta para que tú seas la persona principal a quien tu hijo o hija le cuenta sus cosas. Para eso, recuerda:

  1. Escoge tus batallas. No es necesario juzgar y criticar todo. A veces es mejor escuchar en silencio.
  2. No es responsabilidad de tu hijo o hija hacerte feliz, llenarte de orgullo ni llenar tus vacíos emocionales.
  3. El mejor regalo que puedes darles a tus hijos e hijas es que tú estés bien. Maneja tu estrés.
  4. Los insultos no inspiran a nadie a cambiar.
  5. Tu hijo o hija no es tu réplica, permítele ser su propio individuo.

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