Una de las preguntas que les hago a la mayoría de las personas que llegan a mi consulta es: “¿quién eres?”. La idea es llevarles a una autodefinición sin usar nombres, género, ocupación, estado civil, etnia, etc. A la mayoría le cuesta escribir una frase que explique quién es consciente de ser.
Puede ser que la humildad falsa que predomina en nuestros países hispanoparlantes haya hecho que muchos crean que es arrogante decir cosas buenas de uno mismo; por eso, se limitan a contestar mi pregunta con “la mamá de José” o “la esposa de María”.
“¿Qué se cree él o ella?” es una frase que escuchamos justo antes de que alguien aproveche la oportunidad para juzgar, criticar y condenar. Entonces, la única alternativa aceptable parece ser pensar y decir lo mínimo de uno mismo.
Sin embargo, si tú no sabes quién eres, si no puedes poner en palabras quién eres consciente de ser o cómo te has definido a ti misma, las redes sociales están más que dispuestas a definirte rápidamente. Basta con observar la obsesión creciente por imponer estándares de belleza que no tienen sentido para la mayoría de los cuerpos y las caras.
Abres Instagram o TikTok por unos minutos y, sin darte cuenta, ha pasado una hora. No solo has visto contenido: también has absorbido ideas sobre cómo vestir, cómo hablar, qué es “bonito” y qué es “éxito”. En medio de todo eso surge una pregunta importante: ¿cuánto de lo que ves influye en quién eres?
Hoy en día, las redes sociales no son solo entretenimiento. Para muchos adolescentes y jóvenes adultos, son un espacio donde se construye identidad, porque predomina la comparación. En redes, todos tenemos cierto control sobre cómo nos mostramos. Elegimos las mejores fotos, usamos filtros, editamos lo que decimos. Poco a poco, se va creando una versión “mejorada” de nosotros mismos.
El problema no es querer mostrarse bien, porque eso es sano y natural. El problema aparece cuando empezamos a sentir que esa versión digital es la que debemos mantener todo el tiempo. Ahí es donde la línea entre lo real y lo virtual se vuelve borrosa. ¿Eres el chico que pasa todos los fines de semana en fiestas o eres el chico que prefiere ver una buena película en casa con su familia? ¿Puedes ser ambos? ¿Cuál versión vas a publicar? ¿Cuál versión crees que quieren ver tus seguidores?
Después de publicar fotos editadas y con filtros, viene la segunda parte: ¿cuántos likes tiene mi foto?, ¿quién vio mi historia?, ¿quién no reaccionó? Aunque parezcan detalles pequeños, estas métricas pueden afectar cómo una persona se siente consigo misma. La comparación constante con otros cuerpos, estilos de vida o logros puede generar inseguridad. Y esto no solo sucede en adolescentes.
Hace unos cinco años, yo estaba en una tienda local cuando una de las trabajadoras reconoció a un vecino de sus padres. La mujer, que tendría más de 35 años, se acercó a un señor (bastante mayor) y lo saludó amenamente. Después de unos minutos, le preguntó si no había visto las fotos que ella había publicado en su Instagram. El señor, un poco avergonzado, le dijo que no. Ella le respondió que se asegurara de verlas y darles like.
Puede sonar normal esa petición, pero si la analizamos, vemos la falla. Nadie está obligado a ver tus fotos ni a darles like. Nadie está obligado a seguirte en redes ni a comentar lo hermoso que te quedó el nuevo corte.
Otra cosa importante que no siempre recordamos: en redes, la mayoría muestra solo sus mejores momentos o aquellas situaciones que le harán ganar más seguidores o atención. Incluso he visto a muchas personas usar su dolor o una tragedia reciente como contenido. De paso, crear contenido no es fácil y hay muchas personas dispuestas a mentir, engañar o exagerar si creen que eso les ayudará a volverse “viral”.
Las tendencias cambian rápido. Lo que hoy es popular, mañana ya no lo es. Esto puede generar una presión constante por adaptarse: usar lo mismo, hablar igual, hacer el mismo bailecito, vestirse como los demás, pensar parecido.
Seguir tendencias no es el problema. El reto está en no perderse a uno mismo en el proceso.
Las redes sociales no van a desaparecer, y tampoco tienen que hacerlo. La clave está en cómo las usamos. Si sabes quién eres, usarás las redes de una manera muy diferente a alguien que no tiene claro quién es ni hacia dónde dirige su vida.
Construir una identidad sólida implica algo más que lo que se publica en línea. Implica conocerse, cuestionarse y, sobre todo, ser auténtico incluso cuando nadie está mirando. Porque al final, más allá de filtros y pantallas, tu valor no se mide en seguidores y tú eres más que una persona que imita a los demás.
Y tú, ¿quién eres consciente de ser?

