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Aceitunas en mi empanada

Odio las aceitunas. No me gusta el sabor, no me gusta el olor. Podrán imaginarse mi decepción cuando le di un gran mordisco a una empanada y empecé a masticar una aceituna.  ¿Por qué? me preguntaba con enojo. ¿A quién se le ocurrió que era buena idea ponerle aceitunas a las empanadas?

Aveces las conversaciones son así. Todo va bien y de repente muerdo una aceituna. El sabor desagradable me hace salir huyendo a lavarme la boca.

 

Ojalá la gente midiera mejor sus palabras. Estamos en el siglo 21 y algunos siguen utilizando terminología de hace 200 años. Lo más triste es que, en la mayoría de los casos, ni se percatan de lo ofensivo e inaceptable que ha sido el comentario.

 

No podemos seguir refiriéndonos a las personas con palabras como: negrito, chinito, cholito. Pues aunque la intención no sea ofender, es una falta de educación y de cultura.  Pero ¿cómo corregir esto si los “expertos” lo catalogan como parte de la idiosincrasia local? ¿Y de qué sirve señalar el error si los periódicos publican títulos como “Indígena desaparecido”? ¿Será que realmente importa la etnicidad del individuo cuando ocurre un crimen? ¿Será que si el titular avisa cuál es la raza, el sujeto abaleado se recupera?

 

Aceitunas en mi empanada. Esa es la impresión que me deja la gente tan insensata que sigue promoviendo estas costumbres incivilizadas.

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