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Lo primero que me venga a la boca

Te confieso que durante muchos años yo fui una de aquellas. Nunca fue mi intención herir u ofender, pero simplemente no le prestaba atención a mis palabras. El resultado era que siempre quedaba alguien resentido y yo ni me daba cuenta. Así fui durante la secundaria y llevé la misma actitud a la universidad. Un día una chica, cuyo nombre ya no recuerdo, se me acercó y me dijo que si seguía actuando así me quedaría sin amigos. Nunca nadie me había dicho eso y por varios minutos mi pensamiento predominante era: ¿Qué se ha creído esta?¿Cómo se atreve? Luego agregué la clásica: seguramente es envidia.

Seguí con esa actitud por un buen tiempo y las personas tenían dos reacciones al conocerme: me odiaban profundamente o me amaban obsesivamente. Y yo me aferraba a los que toleraban mi mala actitud creyendo que eso significaba que yo tenía la razón. Cada cierto tiempo recordaba las palabras de esa chica en la universidad y en mi mente le decía que se había equivocado.

Junto a mi mal hábito de no medir mis palabras, apareció el mal hábito de meterme en la vida de los demás. Eso sucedió tan sutilmente que hasta a mí me agarró de sorpresa. Me parecía lo más normal estar siempre informada especialmente si eso significaba emitir juicios y criticar.

Hasta que, un día hace unos 20 años, sonó mi teléfono y la persona del otro lado dijo: “Dinorah, tú que todo lo sabes y lo que no sabes lo inventas, cuéntame qué le paso a…” Ya ni recuerdo cuál fue el tema. Pero sí recuerdo que sentí como si alguien me hubiese tirado un balde con agua helada. Cerré la llamada y en el siguiente instante decidí que ya no sería igual.

En esta época de mensajes de texto es fácil dejarse llevar y contestar sin pensar. No te imaginas la cantidad de veces que empiezo a escribir algo, respiro, borro y empiezo de nuevo. Evito enviar notas de voz si estoy molesta y la verdad es que casi nunca contesto llamadas. Todo esto porque finalmente entiendo que las palabras tienen poder.

Recientemente hice un comentario en redes sociales en la foto de un amigo a quien aprecio muchísimo. A mí me dio mucha risa lo que escribí pero a él no, y parece que se ofendió. Borré el comentario. Claro, tengo derecho a expresar mi opinión, pero no tengo derecho a herir a otros con mis palabras, aunque no haya sido intencionalmente.

Creemos que la libertad de expresión nos da permiso para decir o escribir lo primero que nos venga a la boca (o la mente), pero la verdadera libertad de expresión consiste en saber controlarse. La verdadera libertad de expresión es ver una publicación con la que no estás de acuerdo y no sentir la necesidad de corregir, comentar, ni convencer a nadie de tu punto de vista. Es ver una foto y no sentir la necesidad de burlarse. Es permitir que otros también sean libres.

4 comentarios en “Lo primero que me venga a la boca

  1. Que buen escrito como sie mpre, aveces los mensajes aunque uno los escriba sin ninguna mala intención la persona al otro lado de la pantalla lo interpreta malisimo y corre a llamar jajaja me ha pasado.

  2. Me encanta, sobre todo en este tiempo en que todos nos consideramos que tenemos derecho de decir lo que se nos venga a la mente, es importante recordar “hasta dónde de verdad inicia y termina ese derecho”. Gracias!!

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