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No sabemos recibir

Este fin de semana el pastor nos informó que por primera vez en muchos años pasarían los platos para la ofrenda. En esta iglesia no se recoge la ofrenda. En varios puntos estratégicos han ubicado unos cofres en donde los interesados pueden depositar sus donaciones. A nadie le pareció fuera de lo común el anuncio del pastor y noté que varios a mi alrededor empezaron a sacar carteras y billeteras. Pero el pastor no había terminado de explicar. En lugar de depositar ofrendas, nos tocaría a cada uno tomar una ofrenda. Sí, resulta que cambiaron $1,000 en monedas y a cada uno de los presentes le tocaría tomar una o dos monedas.

Inmediatamente, se sintió el nerviosismo. El pastor enfatizó que el dinero que tomaríamos de las canastas era de Dios y que en verdad todo lo que tenemos le pertenece a Él. Miré a mi alrededor y noté las caras de confusión de varios. Un hombre obviamente enojado sacó su biblia y empezó a leer, otras dos se miraron con las cejas levantadas. Varios se movieron en sus asientos mostrando cierto grado de incomodidad.

Llegaron las canastas llenas de monedas, saqué una y pasé la canasta a mi izquierda. Todos en mi fila estaban un poco ansiosos y una señora quiso meter dinero en lugar de sacar. La canasta regresó una segunda vez y me tocó tomar otra moneda.

Creo que casi nadie en la congregación guardó el dinero. Pensábamos que en cualquier momento pasarían los ujieres a recogerlo. Pero al final, la idea era que nos quedáramos con el dinero de Dios y lo usáramos durante la semana para bendecir a otros.

Miré a mi alrededor mientras guardaba las monedas en mi cartera. Una señora tomó un sobre de diezmos y las echó allí como si estuviesen contaminadas o calientes. Otros guardaron las monedas lejos del resto de su dinero. Algunos aún las llevaban en la mano. Las monedas de Dios incomodaron a la mayoría. Nos sentimos vulnerables.

Me hizo pensar en cuánto nos cuesta recibir.

Lo veo a menudo cuando dueños de empresas pequeñas llegan a mi consulta deprimidos porque sus negocios no han prosperado como esperaban. A menudo el problema está en que no saben cómo asignarle un valor (precio) rentable al servicio que ofrecen.

Lo vi cuando traté de ayudar a una amiga y rechazó el dinero aunque lo necesitaba con desesperación.

Lo veo cuando felicito a alguien y en su respuesta me da a entender que no fue gran cosa la que hizo.

Cuesta simplemente recibir y decir gracias.

Creo que parte del problema es que desde niños nos han inculcado que es mejor dar que recibir. No nos hemos percatado de que si no hemos recibido nada, no tendremos nada para dar.

 

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