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Ofendida

Sin querer ofendí a una señora que acababa de conocer.  Me la presentó una amiga y espontáneamente le dije: “¡me encantan tus ojos!”. Es que sus ojos eran una mezcla inusual de verde y café con destellos amarillos. No lo pude evitar. Pero la dama se ofendió.

Supongo que supuso que me burlaba de ella o quizás pensó que yo pensaba que eran lentes de contacto.  Creo que nunca sabré, pero con su respuesta cortante dejó en claro que no siempre una expresión de admiración es bien recibida.

 

Camino a casa medité sobre el asunto.  ¡Qué difícil es andar siempre sobre cascaritas de huevo! Últimamente la gente anda tan quisquillosa que una simple conversación puede convertirse en todo un debate.

 

Me imagino que nadie les ha dicho que ofenderse es opcional y que nadie te puede hacer enojar, sino que tú decides enojarte y que la mayoría de las veces que creemos que alguien está hablando mal de nosotros a  nuestras espaldas, esa persona puede nisiquiera haberse dado cuenta de nuestra presencia.

 

Bueno, creo que dejé una pésima primera impresión. ¿Qué se puede hacer? Si el día de mañana te encuentro en la calle y te ves bien, te lo diré. Espero que no te ofendas.

 

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