Confrontamiento

Cuando yo tenía como 6 ó 7 años de edad viví en un apartamento gigantesco en un edificio viejo que había sido una imprenta importante. El apartamento contaba con un espacio grande con muchas ventanas donde se tendía la ropa y donde jugábamos mi hermana y yo. En ese espacio había una hamaca.

Un sábado tuvimos visitas en casa. Como a eso de las 6 de la tarde se me ocurrió subirme a la hamaca y mecerme parada. Quería demostrarles mis destrezas a mis nuevas amiguitas, pero a los pocos segundos me caí de cabeza.

Aparentemente perdí el conocimiento y me subieron al carro para llevarme al hospital. Lo siguiente que recuerdo es que desperté camino al hospital pero no podía ver absolutamente nada: había perdido la vista. Recuerdo que mi papá me cargaba mientras él y mi mamá corrían por un pasillo. Justo antes de ser atendida vomité y recobré la vista.

Ese evento me dejó con un miedo intenso a caerme y golpearme la cabeza. Los columpios me llenaban de mucha ansiedad, trepar era inconcebible y ni hablar de tirarme a una piscina. Disimulé muy bien ese miedo por varias décadas.

Un día empecé a buscar alternativas para eliminar un dolor de espalda y leí sobre el columpio/trapecio/hamaca de yoga. Una amiga sabía utilizarlo así que compré uno. Me lo instalaron y justo cuando íbamos a empezar las clases llegó la pandemia.  Traté de encontrar videos para aprender, pero me desanimé; el miedo a caerme era real. Ahí quedó el columpio sin usar durante casi dos años.

La semana pasada mi amiga subió un video en su hamaca de yoga y en ese preciso momento me dije a mí misma que ya era hora de demostrarle a la niña de 6 años que no se volverá a caer de cabeza, que ahora yo soy la adulta a cargo que la cuido.

Hoy mi hija me preguntó por qué subo fotos con lo que logro en mi hamaca de yoga cada día  y le dije que es mi manera de asegurarme de no volver a llenarme de miedo.

El dolor de espalda se fue, de paso.

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