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Maldiciendo a tu hijo

Ayer, mientras esperaba en una larga fila, fui testigo del siguiente intercambio entre dos mujeres y un niño de unos 5 ó 6 años de edad:

Mujer#1 (caminando por el pasillo): Hola, ¿Cómo has estado? ¿Ese es tu hijo?

Mujer#2: sí, este es el más chiquito.

Mujer#1 (alejándose): ¡se ve que es bien terrible!

Mujer#2 (mira al niño): Sí. Es de lo peor.

 

¿Será necesario decirte lo horrorizada que me sentí al presenciar esta conversación?

El día de mañana ese niño hace una travesura y de segurito le pegan por mal portado, sin recordar que su propia madre permitió que alguien lo describiera como “terrible” y que ella misma lo definió como “de lo peor”.

 

Es que la gente todavía no entiende que las palabras tienen poder. Si tú dices que tu hijo es de lo peor, pues no te quejes cuando él honre tu opinión. ¿Hasta cuándo permitiremos que maldiciones salgan de nuestras bocas cuando nos dirigimos hacia las personas que “amamos”?

 

No es aceptable decirle a tu hijo (ni al hijo de nadie) que si se porta mal el cuco se lo lleva, ni que está feíto, ni llamarlo por “apodos” ofensivos, ni describirlo como payaso, demonio o chinche.

 

Mide tus palabras.

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