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Tercer drama

El amor como estilo de vida requiere que seamos firmes. Supongo que 23 años en el aula de clases con adolescentes me han enseñado que a veces la disciplina que rechazamos es precisamente la que más necesitamos.  Los regaños (a veces diarios) nunca fueron resultado de la ira. Siempre estuvieron fundamentados en el amor. Un amor obstinado. Hoy tuve que poner en práctica ese amor.

 

Mis niñas estaban felizmente jugando video juegos. Así quicieron iniciar su navidad. Pero llegó la hora de alistarse para desayunar y como de costumbre les avisé que les quedaban 5 minutos más de juego. Todos sabemos que los minutos de las maestras y de las mamás son más cortos, así que pocos minutos más tarde les anuncié que era hora de cerrar y guardar. Una reaccionó, la otra se hizo la sorda. Así que le dije que contaría hasta cinco y si no cerraba el juego, no jugaría más el resto del día. No hizo caso. Me acerqué, le quité el juego y le repetí cuál sería el castigo por desobedecer.  Se fue muy enojada y la escuché decir: ¡ya me cansé de esto! ¡De que me voy, me voy! Para énfasis tiró la puerta del baño.

 

La segúi y le pregunté tranquilamente para dónde iría. No me contestó. Le insistí. Sus ojitos me penetraban con una mirada de odio mezclada con terror. Nunca había visto una mirada tan dura en una niña tan pequeña. Pero conozco su historia. Ha estado viviendo en instituciones desde los 3 años de edad. Ha sufrido toda clase de maltratos. Y ahora que ha encontrado amor incondicional, no lo entiende y lucha contra él. Cree que hacer lo que quiere cuando quiere es amor.

 

Le pregunté si se refería al orfelinato. Mantuvo su mirada fría y dura y asintió levemente con la cabeza.  Regresamos al cuarto y le pregunté si estaba segura que esto era lo que quería. No contestó. Se paró junto a su maleta, sus ojitos llenos de odio y miedo. “Bueno, iré a preparar el desayuno. Regreso en un momento para que me des tu respuesta. No te estamos obligando a vivir con nosotros. Si no quieres estar aquí, avisa.”  Se tiró sobre la cama y se enrolló en posición fetal. Escuché su llanto. Era una lección dura, pero confiaba en que ella aprendería.

 

Sé que muchos ahorita deben estar pensando en que debí abrazarla y rogarle que no se fuera. O que debí asegurarle que no queríamos que se fuera. Pero no era el momento. Ella tenía que entender que en una familia el amor es un muro de contención, que no podemos ofender porque no logramos hacer lo que nos da la gana y que esta mamá no caminaría como si estuvise pisando cáscaras de huevos.

 

Terminé de preparar el desayuno y regresé al cuarto. Ella seguía en posición fetal. Me senté en la cama y pregunté. “¿Qué decidiste? ¿Te quedas o te vas?” Se cubrió la cara y no respondió. Esperé en silencio. Ya era hora del desenlace de este drama. Unos momentos más tarde, quitó sus manos de su cara y vi sus ojos rojos e hinchados. “Me quedo”, susurró. Luego se aventó sobre mí y me abrazó fuertemente.

 

Prometió no volver a decir esas palabras. No sé si cumplirá su promesa pero de algo estoy segura: en el momento en que surja otro drama de niña contra mamá, allí estaré como muralla de amor fuerte, segura e indestructible. Eso es lo que ella necesita.

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