Honestamente, no creo que los seres humanos seamos más perversos que antes. Cualquiera que haya leído la Biblia, un documento escrito —según los historiadores— hace aproximadamente 1,500 años, encontrará historias de violencia y maldad muy similares a las que observamos hoy en nuestra sociedad. Lo que siento que ha cambiado es la rapidez con que las historias viajan y el alcance global que tienen.
Si bien es cierto que existió una época en la que aparentábamos vivir en mayor inocencia, armonía y paz, también hay que recordar que fue una época en la que se violaban abierta y legalmente los derechos humanos de algunos. Con el respaldo de sus gobernantes, muchos cruzaron océanos con el propósito de robar, matar y destruir.
No podemos cambiar la historia. Tampoco creo que cambiar el mundo sea una aspiración genuina si primero no estamos dispuestos a transformar nuestra propia manera de pensar con respecto a los “otros”.
Sé muy bien que no podemos responsabilizar exclusivamente a padres y madres por las conductas inadecuadas que observamos en la sociedad, pero sí podemos reconocer que mucho cambiaría si nos tomáramos más en serio la responsabilidad de criar mejor a nuestros hijos.
Hoy quiero compartir tres temas que toda madre y todo padre debería explorar con sus hijos varones. No porque no existan temas igualmente importantes que conversar con nuestras niñas, sino porque las estadísticas muestran que los hombres son responsables de la mayoría de los actos de violencia sexual y física.
En lugar de encerrar a nuestras hijas en casa mientras permitimos que nuestros varones circulen libremente por el mundo, ¿por qué no empezar por hablarles con más franqueza a ellos? Hablamos constantemente de seguridad, pero seguimos trasladando a las mujeres la responsabilidad de evitar la violencia que otros ejercen sobre ellas.
1. NO significa NO.
La falta de entusiasmo también puede significar NO. El silencio, la incomodidad y el miedo también son señales de NO. Entiende que cuando una mujer no quiere recibir un abrazo, un beso o cualquier tipo de contacto físico, sus límites deben ser respetados y no interpretados como un reto. Ser físicamente más fuerte NO te da derecho a imponer tu voluntad.
Si ella dice que NO, no es una broma. No es un juego. No es una conquista.
El consentimiento no se adivina, no se exige y mucho menos se obtiene mediante presión. Si no existe un SÍ libre, claro y voluntario, tienes que detenerte.
2. Callar no es una opción.
Si ves a otro hombre intentando obligar, presionar o convencer a una mujer de participar en algo que ella no desea, no pienses que no es asunto tuyo. Habla. Intervén de manera segura. Busca ayuda. Apóyala.
Nos encanta decir que es deber del hombre proteger, pero curiosamente esa responsabilidad parece tener importancia solo cuando te permite quedar bien ante otros hombres. La verdadera integridad no se demuestra solamente cuando todos están mirando y aplaudiendo. Se demuestra también cuando tienes la oportunidad de cuestionar a tus propios amigos, compañeros y familiares.
3. La misoginia tiene muchas caras.
A veces se manifiesta en el juicio de una mujer contra otra. A veces se escucha en las letras de canciones populares. A menudo se esconde detrás de chistes, memes y comentarios que parecen inofensivos. Pero que algo se haya normalizado no significa que sea saludable, y que nos haga reír no significa que no tenga consecuencias. La misoginia no siempre llega anunciándose como odio. A veces se presenta disfrazada de humor, tradición, masculinidad o piropos. Siempre merece ser cuestionada. Nunca debe justificarse.
No podemos criar a nuestros varones para que simplemente se adapten a un mundo que consideramos violento y después sorprendernos cuando reproducen esa misma violencia. Tenemos que enseñarles a pensar, a cuestionar, a respetar los límites ajenos y a reconocer la humanidad de quienes son diferentes a ellos.
La verdadera educación no consiste únicamente en enseñarles a nuestros hijos cómo protegerse de un mundo peligroso; también consiste en enseñarles a no convertirse en parte del peligro.
Y quizás, si dejamos de concentrar tantos esfuerzos en enseñarles a nuestras hijas cómo evitar ser víctimas y comenzamos a enseñarles a nuestros varones cómo no convertirse en agresores, estaremos dando un paso mucho más honesto hacia ese mundo “seguro” que tanto decimos querer construir.

