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La institucionalización de nuestros hijos

A dos casas de la mia hay una guardería. Los niños empiezan a llegar antes de que salga el sol, a eso de las 5:55. Alli permanecen a veces hasta las 7:00 de la noche. Por maravillosos que sean esos cuidadores, las consecuencias por permanecer tantas horas en esa condición son muchas: niños desobedientes, patológicamente mentirosos, agresivos, con retrasos en el lenguaje, con dificultad para concentrarse y prestar atención, incapaces de controlar sus impulsos… la lista es larga.

He escuchado los argumentos: ambos progenitores tienen que trabajar, la madre está sola y no tiene quién la apoye, es difícil encontrar una empleada confiable… esta lista también es larga.

Llega el momento de ingresar a la escuela. Casi desde el primer día empiezan las notas a casa por conducta inadecuada y la madre le echa la culpa a la maestra porque “no sabe controlar su grupo” o “no sabe lidiar con niños pequeños”. Se les sugiere buscar ayuda profesional, y llegan hablando pestes del pobre niño. Ellos no entiende por qué insiste en portarse mal si “yo trabajo duro para darle todo”.

Tomo mi libreta y empiezo con las preguntas habituales. Ya conozco las respuestas. Siempre son las mismas.

A veces con el afán de cumplir el requisito social de tener hijos, terminamos amargándole la niñez a estos inocentes. Dos días a la semana– y soy generosa al sugerir que estás libre los sábados y los domingos– nunca serán suficientes para que llegues a conocer a tu hijo.

Escucho el llanto a las 5:55 a.m. y me pregunto cuándo se le pasará esa ansiedad. Pasa más tiempo con extraños que con su familia. Debe ser triste empezar la vida así.

dfirecop / Foter / CC BY-NC-ND

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