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Lo que sale de tu boca

Hoy me está costando un poco escribir pues sólo dispongo de una mano. Calculo que mi muñeca izquierda requerirá de una semana de reposo, así que me tocará acostumbrarme.  Aprovecho esta “interrupción” para agradecer a Dios por haber nacido y crecido sana y entera. No me imagino lo incómodo que debe ser que a una le falten brazos o piernas.

Ayer salí más temprano de lo normal para realizar mi caminata diaria. Al acercarme al final de la acera  vi que el jardinero regaba las matas de la entrada y también noté a una mujer bajarse de un carro con un niño pequeño envuelto en una toalla. Pensé que seguramente venía del hospital. Me pareció extraño ver que ella caminó delante del carro del que se bajó.  En ese momento no entendí.

 

En la esquina, a pocos metros del carro del que se bajó la dama con el niño había una pareja joven.  En frente de ellos estaban dos perros grandes. Los cuatro estaban de espaldas, mientras me acercaba en la acera.  Al verme, los perros se sorprendieron y saltaron sobre mí.  Asustada por el ataque repentino, traté de alejarme pero tropecé y caí en medio de la calle.  Supongo que traté de usar mi mano izquierda para amortiguar el golpe. Solo recuerdo el dolor.

 

Escuché las voces de los dueños de los perros llamándolos. Luego la mujer dijo “tenemos que amarrar a esos perros, pero qué raro, si acaba de pasar otra señora y no tiraron para donde ella”.

 

Ante semejante comentario, dejé de analizar mi muñeca herida y busqué los ojos de la mujer. Ella estaba visiblemente embarazada. Supongo que mis ojos expresaron todo lo que pasaba por mi mente: enojo, dolor físico, incredulidad y mucha lástima.  De inmediato el tono cambió y me preguntó si me sentía bien. El esposo me ayudó a ponerme en pie y me alejé de ellos sin mirar atrás, motivada por el temor de que el grado de insensatez que los envolvía fuese contagioso.

 

Miré a mi derecha y noté que el jardinero se había acercado para ayudarme. Y también vi la mirada de terror de la señora que llevaba al niño. Supongo que por su mente pasaba la pregunta “¿y qué tal si me hubieran atacado a mí?”.  Ya entendí por qué había caminado delante del carro del cual se bajó.

 

Durante mi dolorosa caminata descubrí que también me había torcido ambos tobillos. Llegué a casa con la muñeca inflamada. Pero el descubrimiento más importante que hice es que muchos seres humanos no se han percatado que una de las cosas que nos hace superiores a los animales es la capacidad para razonar.

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