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Me dejó con la boca abierta

Hace unos días entré a un banco de la localidad. Justo en ese momento una señora corpulenta trataba de levantarse de una silla. Aparentemente la señora estaba esperando a una amiga y parece que llevaba ratos sentada. Cuando hizo el intento de levantarse, la silla se levantó con ella. Yo lo vi porque en ese instante pasaba frente a ella. El banco estaba lleno, pero dudo que alguna otra persona notó lo que sucedía.

La mujer gritó a todo pulmón:
-¡Ayala! Estoy tan gorda que no quepo en la silla!
luego procedió a reír a carcajadas.

Al hacer eso, obviamente todos en el banco voltearon a mirarla. Misión cumplida: logró llamar la atención de unas 20 personas y logró ofenderse a sí misma.

No comprendo por qué se ha vuelto moda que uno se insulte. Te aseguro que si un desconocido le hubiese dicho ‘estás tan gorda que no cabes en la silla’ la mujer se hubiera ofendido y seguramente le hubiera pegado al atrevido. Seguramente todos hubiésemos mirado mal al ofensor y hasta le pedirían que se retirara del sitio. Pero como lo dijo ella misma, no hubo problema.

Si supieras que la manera en que te hablas a ti mismo puede enaltecer o destruir tu vida entonces prestarías más atención a lo que dices. Sólo debes hablarte como lo haría una persona que te ama.

Eso de tratar de ganar simpatizantes diciendo ‘qué bruta soy’ o ‘mira mi gran barriga’ o ‘nada me sale bien’ está fuera de lugar. Tu mente tomará todas tus palabras como si fueran tus deseos más profundos y se te cumplirán. Luego no te quejes cuando las cosas salen mal.

Insultarte a ti mismo no es señal de humildad, es una señal de que no eres muy sabio.


Juliana Coutinho / Foter / CC BY

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