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Celebraciones

En los últimos años ha surgido una tendencia un poco peligrosa. Entiendo por qué los primeros promotores le dieron inicio, pero creo que se equivocaron y han causado más daño de lo que pudieron imaginar. Sucede que en el afán de proteger la autoestima de los niños, ahora todos son ganadores, las competencias sanas son miradas con malos ojos y aunque sea espantoso lo que el niño produzca, se espera que los adultos celebren.

Lamentablemente, el mundo real no es así. Si en tu lugar de trabajo tienes un rendimiento mediocre, créeme que tu jefe no llegará con globos y pitos a celebrarte. Entonces ¿a qué se debe que hemos formado el hábito de hacer creer a los niños que todo lo que hagan– con excelencia o de mala gana– merece un premio?

No estoy sugiriendo que seamos críticos, ofensivos y fríos, pero sí es necesario que establezcamos límites por el bien de nuestros hijos. Celebremos el esfuerzo y animémoslos a siempre dar lo mejor de sí, pero asegurémonos de que ellos entiendan que si no hacen un buen trabajo, no serán bien recompensados. Así de sencillo.

Estos concursos en que todos reciben el mismo trofeo son irrespetuosos para aquel niño que sí tiene talento y se destacó. No es justo que el desafinado, el que pinta horrible, el que no llegó a las prácticas o el que estaba malhumorado y no siguió las instrucciones reciba el mismo reconocimiento que aquel que se esforzó y lo hizo bien. ¿Por qué? Porque la vida no es así y es mejor que aprendan eso desde temprano.


Joshua Daniel O. / Foter / Creative Commons Attribution-NonCommercial-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-NC-SA 2.0)

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