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Esas palabras

Cuando yo tenía entre 12 y 14 años de edad, una persona adulta lanzó un comentario que me afectó durante muchos años. No creo que lo haya hecho a propósito. Creo que simplemente, como suele suceder, no midió sus palabras y no pensó en el efecto que éstas tienen sobre los demás, en especial sobre niños y adolescentes.

Te cuento lo que sucedió. Mi padre fue pastor durante la mayor parte de su vida. Por ende, mis mejores amigos siempre han sido hijos de pastores. Un día estábamos un grupo de 5 ó 6 hijas de pastores sentadas conversando. Teníamos más o menos la misma edad, las mayores quizás tendrían 15 ó 16 años. Creo que la ocasión era alguna reunión de feligreses que se celebraba al aire libre. Un pastor que visitaba desde Venezuela se acercó al grupo de niñas, nos miró y comentó “¡Qué lindas son todas!” Claro que reímos alegremente, pues a toda niña le encanta escuchar que es bonita. Pero al rato sus ojos reposaron sobre mí y dijo “bueno, todas excepto ésta.”

Inmediatamente sentí pedacitos de hielo correr por mis venas y algo pesado como una roca cayó en mi estómago. Recuerdo con claridad la ropa que yo llevaba. La blusa de mi vestido era blanca con florecitas, la falda era celeste y el chalequito era del mismo color de la falda. No recuerdo qué más sucedió en el resto de ese día pero las palabras de ese hombre quedaron en mi mente.

Pensé que lo había superado, pero no fue hasta hace pocos años, mientras leía un libro de autoayuda que reviví ese momento. Me convertí en una niña de 12, 13 ó 14 años y recordé el dolor y la vergüenza tan grande que sentí esa tarde. Me había tomado cerca de 30 años reconocer que esas palabras habían impactado mi vida a tal punto que sinceramente siempre me creí fea.

En ese momento entendí por qué durante años le huí a las cámaras fotográficas. Entonces pude consolar a la niña dentro de mí que aun lloraba y finalmente pasar la página.

He escrito y hablado tanto sobre la importancia de medir lo que sale de nuestras bocas y lo digo por experiencia propia. No tienes ni la menor idea de cuánto daño haces cuando permites que tu egoísmo se apodere de tu lengua y derramas veneno sobre los demás simplemente porque tú necesitas desahogarte o porque te dio la gana de expresar tu opinión.


Foter / CC BY-SA

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