Inflexibles

Si hago una comparación entre la jovencita de 21 años en su primer día como profesora y la persona que soy hoy la diferencia es grande. A veces me dan ganas de llamar a todos los que formaron parte de ese primer grupo de séptimo grado y ofrecerles disculpas porque yo no tenía ni la menor idea de lo que estaba haciendo. Les tocó la peor versión posible de mí porque fue la primera. Con el paso del tiempo he ido mejorando hasta llegar a ser una edición actualizada y consciente, pero no menosprecio el viaje; hay muchas cosas que he aprendido y observado durante estas décadas y no cambiaría ni una.

A veces nos obsesionamos con el castigo porque creemos que es parte integral de la disciplina. Cuando esto sucede criticamos y rechazamos la mínima cosa que parezca fuera de lugar y a veces pasamos por alto conductas inadecuadas que sí vale la pena corregir.

He visto actitudes contradictorias, exigencias incongruentes y una gran cantidad de ejemplos de disonancia cognitiva. Todo esto por parte de mis colegas.

Hacemos todo un escándalo por un estudiante que tiene goma de mascar en la boca o que acaba de darle (a escondidas) un mordisco a su emparedado. Mantenemos silencio cuando, para justificar el genocidio,  el libro de texto describe a cualquiera que no sea europeo como pagano salvaje.

Castigamos al estudiante que entrega tarde una tarea, pero esperamos que nuestros supervisores acepten nuestras excusas tontas cuando no entregamos las notas o la planificación a tiempo.

La educación es un arte que incluye un conjunto de actividades que deben prepararnos para funcionar en la sociedad como seres pensantes dispuestos a contribuir al bienestar común. Sin embargo si juzgamos sólo basándonos en las tareas o trabajos que comúnmente se asignan nos quedamos perplejos. En algunos casos estamos preparando a los estudiantes para funcionar en un mundo que ya no existe. (Hacer títeres, charlas con carteles de cartulina, memorización de cuestionarios, etc.)

El estudiante que saca la nota más alta no tiene su futuro asegurado  y el que fracasa la asignatura no es automáticamente un perdedor. Ninguno de nosotros les preguntamos a nuestro médico, abogado, terapeuta o gobernante cuáles fueron sus calificaciones de primaria. Te aseguro que si lo hiciéramos nos daríamos cuenta de algo que ya sabemos: el éxito depende más de la inteligencia emocional, el pensamiento crítico y la conciencia de sí mismo que de la capacidad para memorizar hechos aleatorios.

El mundo ha cambiado ya sea que nos guste o no. Muchos de nuestros estudiantes ahora aspiran ser YouTubers, Gamers, Influencers o Content Creators. Aunque no nos gusten estas carreras, llegaron para quedarse. Esto no significa que habrá escasez de arquitectos, médicos o maestros. Significa que necesitamos prepararlos a todos estimulando el pensamiento crítico, el análisis y la curiosidad. Enseñémosles a manejar sus emociones, manejar sus finanzas, resolver conflictos, abrir negocios, negociar salarios.

Dejemos de castigarles por escribir con el color incorrecto de tinta y empecemos a inspirarles a crear un mundo menos obsesionado con lo que menos importa.