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Sucesos

Hace unos años una tienda muy conocida en la ciudad estaba promoviendo un baratillo en maletas y mochilas escolares de una marca prestigiosa. Me acerqué para ver los modelos disponibles y quedé encantada, así que decidí comprar una para mi primogénita que para ese entonces tendría como 6 añitos. Era una buena marca y estaba segura de que duraría mucho tiempo. El precio del artículo era $30 exactos, lo cual significaba una rebaja de más del 50%.

Me acerqué a la caja con el producto y le entregué a la cajera $40. Me dio el recibo, más no me dio vuelto. Miré el recibo para verificar el precio y le comenté a la chica que yo le había dado $40. La joven se molestó por mi gentil reclamo y me aseguró con altanería que ella no era ciega y que yo solamente le había dado $30 exactos.

Llamamos a una supervisora quien llegó y dijo que no había manera de verificar mi historia y que la gente se equivoca a menudo cuando compra. Le insistí en que yo estaba más que segura de la cantidad de dinero que le había dado a la cajera. Pero no me creyó. Al final, me rendí porque no valía la pena pelear tonterías. Además, ya se había formado un grupito de espectadores de aquellos que susurran “a mí no me harían eso…” o “si fuera yo, le…”

La supervisora me pidió mi teléfono y me aseguró (según ella) que si al final del día cuando arqueaban las cajas encontraban una sobrante de $10, me llamarían para que los pasara a recoger. Le sonreí “dulcemente” con la plena seguridad de que nunca recibiría tal llamada. Y en efecto, así fue.

Pero eso sí, te puedo asegurar que tanto ella como su cajera deshonesta recibieron su merecido. La vida es así. Recibes lo que das y la deshonestidad tiene un precio alto.

Sucede que he aprendido a soltar. Algunas batallas no valen la pena. Uno simplemente necesita aprender a soltar todo lo que lo ata a cierto tipo de personas y cierto tipo de situaciones. De haberme aferrado a esos $10 y de haber formado un tamborito, me hubiese perdido de una bendición mayor. Sí, lo se. No era justo. Pero esa tarde ellas dos perdieron mucho más que yo. Yo pude haber peleado hasta el final pero mi tiempo y mi salud mental valen mucho más que $10.

Recientemente alguien trató de ofenderme. De su boca salieron palabras irrespetuosas y mentiras tan ridículas que daban risa. Permanecí callada. ¡Cuán dulce fue esa sensación! La desarmé por completo con mi silencio absoluto, y lo que ella diseñó para herirme, terminó hiriéndola más a ella porque esperaba que yo reaccionara con ira para luego tener de qué hablar. Pues tendrá que inventarlo todo y ojalá tenga buena memoria. Y eso no es todo: te aseguro que no ha recibido la totalidad de lo que le toca. ¿Yo? tranquila. Soy responsable de todo lo que sale de mi boca y de la manera en que reacciono ante situaciones difíciles.


HVargas / Foter / Creative Commons Attribution-ShareAlike 2.0 Generic (CC BY-SA 2.0)

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