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Una cortinita nos separa

Hace un tiempo atrás decidí tomar un viaje al estilo de los años noventa. Me refiero a ese tiempo maravilloso antes de la llegada de las redes sociales cuando no estábamos obsesionados con mantener al mundo entero enterado de nuestras actividades.

Decidí viajar en primera clase, pues creo que a esta edad me he ganado ese privilegio. Cualquiera que ha tomado un viaje en avión bien sabe que el trato y la atención para los que llevan un boleto de primera clase es muy distinto a los de cabina, a pesar de que generalmente lo único que separa las cabinas es una cortinita.

Admito que me sentí como realeza. Los asistentes de vuelo que nos atendieron eran como gotitas de miel con bordes azucarados.

La comida en primera clase también fue muy diferente. A los pocos minutos de sentarnos, ya nos servían una bebida. Luego el asistente de vuelo pasó repartiendo toallitas calientes para limpiarnos las manos antes de entregarnos un platito con nueces tibias. El almuerzo estuvo delicioso y aunque generalmente no me gustan los postres, ese pastel de manzana fue todo un espectáculo.

En un momento miré hacia atrás y vi la cortinita y recordé las docenas de veces que yo estaba del otro lado. A pesar de que las asistentes en esa cabina tienden a ser agradables, comparar la atención y la comida sería tratar de escribir las diferencias entre una menta y un cheesecake de oreos. Recuerdo que en más de una ocasión me pregunté qué tendría que hacer para poder costear un boleto de aquellos.

Aunque a primera vista pareciera injusta la gran diferencia entre las cabinas, hay que recordar que el pasajero con el boleto de primera clase invirtió más, por ende merece una mejor atención.

La vida real es así también. Lamentablemente en nuestra sociedad las personas que más se quejan y más exigen tienden a ser las que menos contribuyen. Por ejemplo, muchos se quejan de la abismal diferencia entre la educación particular y la pública sin recordar que existe también una gran diferencia entre la inversión hecha por parte de los padres y madres que tienen a sus hijos en escuelas privadas y los que los tienen en escuelas públicas. El que está pagando una mensualidad tiene derecho a cierto trato. Igual sucede en las clínicas y hospitales privados versus el sistema público de salud. Si el usuario paga, tiene derecho a cierto nivel de atención. Suena injusto, pero en verdad no lo es.

Sucede también en las relaciones. Hay parejas que se apoyan mutuamente, que se aman con madurez y que contribuyen al crecimiento personal de cada uno. También hay parejas de otro tipo. Si no estás aportando al bienestar emocional, físico y financiero de tu pareja (y esto va mucho más allá de pagar las cuentas, lavarle y cocinarle), pues en verdad no tienes derecho a hacer tantos reclamos y desaires.

El dinero no tiene nada de malo. Siempre he dicho que aquel que cree que el amor es más importante que el dinero, que vaya al supermercado, llene su carretilla y trate de pagar con abrazos y besitos. Lo cierto es que si inviertes más, tienes derecho a ciertos privilegios que los que pagan menos no gozan. Digamos que esa realidad es la cortinita que separa los grupos.


Photo credit: nhanusek via Foter.com / CC BY-NC-ND

2 comentarios en “Una cortinita nos separa

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