octubre 18, 2018

Eres suficiente

Los miércoles ofrezco mis servicios en una escuela que queda a tres minutos de mi oficina. Ya tengo varios años de conocer a las directoras y a la dueña y tenemos una relación bastante agradable. Generalmente me toca conversar individualmente con estudiantes que presentan algún tipo de dificultad, pero a veces me toca hablarles en grupo.

El miércoles cuando llegué al plantel me informaron que había una situación con los estudiantes de sexto grado y querían que conversara con ellos. Atendí otros casos y a eso de las 10:15 le dije que estaba lista para  atender al grupo. Me preguntaron si quería empezar con varones o con niñas. Le dije que me daba igual. Nunca esperé que me enviara primero a los varones: diecinueve varoncitos de 11 y 12 años.

Yo estaba sentada sobre el escritorio cuando empezaron a entrar. A diferencia de las niñas, ninguno saludó. Entraron golpeándose, tropezándose y riendo a carcajadas, excepto por un pequeño que entró y me dio un abrazo.

Me paré a la orilla del círculo y les pregunté por qué creían que estaban allí. Después de varias respuestas fallidas (incluyendo un niño que pensó que venía a hablarles sobre los piojos), les dije que conversaríamos sobre su comportamiento. Noté que varios se pusieron tristes y miraron sus zapatos pero empezaron a levantar las manos y uno por uno me contaron la misma historia: las niñas nos pegan y nos insultan y si hacemos algo le dicen a la maestra y nos castigan.

“¡Ellas son malas!” me aseguró un niño y los demás asintieron con la cabeza.

Les conté mi teoría del letrero invisible que todos llevamos en la frente. Les dije que ese letrero les dice a las demás personas cómo deben tratarnos. ¿De dónde creen que viene esa información en nuestro letrero invisible? pregunté.  Las respuestas fueron interesantes. Algunos alegaban que de los padres y maestros, otros decían que de la televisión, pero ninguno dio la respuesta correcta.

Viene de nosotros mismos, les expliqué. Tu letrero depende de la opinión que tú tienes de ti mismo.

Les pedí que me dijeran uno por uno lo que opinaban de sí mismos. Fue en ese momento en que empezó mi proceso de re-estructuración cognitiva. De los 19 chicos sólo uno tuvo una opinión positiva de sí mismo. Dos dijeron algo como: ‘yo soy como soy y no me interesa lo que opinan los demás’. Pero 16 de ellos se describieron como ‘mal portado, agresivo, olvidadizo, no estudio, impaciente, peleón o exploto rápido’. A dos se les aguaron los ojos cuando les tocó hablar pues se dieron cuenta que no tenían nada bueno que decir.

Había identificado parte del problema. Les expliqué que esa mala opinión que tenían la llevaban en la frente como su letrero invisible y que a eso se debía que las niñas no les respetaran.

¿Cambiarías esa opinión si creyeras que eres suficiente? pregunté. Todos gritaron que sí.

Entonces les dije que iba a caminar de puesto en puesto y que cada uno se levantaría del asiento, tomaría pose de superhéroe y me diría mirándome a los ojos ‘soy suficiente’. Les dije que yo tenía que sentir esa energía golpearme en el pecho.

Algunos reían de los nervios, otros no podían mirarme a los ojos, a la mayoría le tocó repetir la frase varias veces y cinco niños lloraron. “¡Esto saca lágrimas!” comentó uno mientras yo me alejaba de su puesto. Todos buscaron muy adentro y gritaron con pasión y firmeza ¡Yo soy suficiente!

Me conmovieron. Nunca pensé que entenderían el concepto. Nunca pensé que tocaría una herida que se había hecho tan profunda en tan poco tiempo (el mayor del grupo sólo tenía 12 años).

Y me pregunto ¿qué está sucediendo con nuestros varones? y ¿será que si resolvemos esto desde temprano podemos ayudarles a convertirse en buenos hombres? y ¿será que este dolor es lo que provoca que traten así a las mujeres? y ¿estarán dispuestos los progenitores a sanar? Me pregunto.

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